Estaba escribiendo áspero, Mario, y puse una canción. Me nacían ásperas las
palabras. Me dolía un poco hacerlas nacer. Hacía mucho, Mario, hacía mucho… La
canción hablaba de otra cosa pero la música me hablaba de ti. No era áspera. La
escuché de nuevo. Me pareció que me decía que te abrazara. De nuevo, de nuevo,
de nuevo, sentía que adentro crecía el abrazo. Te ví. Me quería quedar. Confiar
en ti, en esta cara tuya, en que nacían las palabras. Ásperas, pero nacían. Y confiar
en que la canción que me hablaba de ti
no era áspera. Con la canción crecía el abrazo y fue fácil rodear tu cuello con
mis brazos. De nuevo, de nuevo, apoyé mi cabeza en tu hombro, escondí mi cara
en tu cuello. De nuevo, ahora tus brazos me rodean, me aprietan fuerte. Descanso en
el abrazo. De nuevo y de nuevo y de nuevo. Mientras la música sigue, sigue el
abrazo, siento las palabras. No quiero que termine la canción, no quiero que
termine el abrazo, quiero que sigan las palabras. De nuevo y de nuevo. No
quiero escaparme. Me quiero quedar. Se terminó la canción, las palabras. No estás,
Mario. Pero confío en ti, en que nos dimos un abrazo.
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