lunes, 13 de febrero de 2012
las máscaras
En una cara había dos caras. Una eran unos rasgos y la otra era la de la muerte, tan blanca, como una máscara pegada sobre la cara. Hoy le vi la cara a la muerte, que es como una máscara blanca y tenía los ojos cerrados. Era la cara de la única certeza que es un misterio. Me era ajena la cara porque ya no era. Y era terrible la máscara. No quería verla. Es que no reconocía la cara bajo aquella otra cara. O quizá no entendía el porqué de exponer una cara que ahora no se podía ver, que había dejado de ser ella bajo aquella mascara. No entendía que la gente fuera a mirar la máscara, que fuera a mirar la muerte pegada a aquella cara. La gente también llevaba otras máscaras. Y solo algunos andaban sin máscara, como perdidos. La gente hablaba, sobre la cara, sobre la máscara, sin saber muy bien lo que decían. Se juntaban una y otra vez a repetir frases parecidas y desfilaban con sus máscaras delante de la cara con máscara. A mi todo aquel baile de máscaras me era ajeno, porque me era ajena la máscara en aquella cara que ya no era, me era ajena la gente y aun más sus máscaras.
jueves, 12 de enero de 2012
la hojita parda
Hace un tiempo me encontré con
una hojita de de otro cuaderno. Era una hoja de otro momento, de otro tiempo,
de otra situación. Era una hojita que había quedado blanca en aquel momento y
me preguntaba si haría bien en escribir en ella. Y sin embargo, me gustaba la hojita, porque era una hojita de hoja, bien
simple, bastante chiquita, pero linda, porque no era blanca sino media pardita,
era de un papel reciclado…cómo me había gustado aquel cuaderno de hojitas
pardas… Pero ahora me preocupaba un poco, esta hojita parda que había quedado,
sola. Me preguntaba cómo se sentiría, arrancada del pasado y obligada a enfrentarse
al hoy. Así, de golpe y porrazo. Todo había sido parte de un proceso espejado
en el papel, las otras hojas del cuaderno fueron hojas escritas, re escritas,
corregidas, copiadas. Habían abrazado, acogido y visto madurar a todos los
firuletes de tinta que cabían en sus brazos de renglones y también en sus
márgenes. Habían sido hojas. Y es probable que ella, aún vacía, haya esperado, ansiosa, el momento de recibir
en un abrazo la tinta que la hiciera hoja, que la hiciera poseedora del secreto
que son las palabras, quizá soñara con el momento en que ella también recibiría
aquellas letras de tinta que no había llegado y quizá, viendo el tiempo pasar,
no le hubiera quedado otra más que resignarse hasta un conformismo triste de su
forma, su color y su olor a pasado. Entonces se me ocurrió que ella, que había
esperado, era quizá la más importante. La que había sido destinada a no ser una
hoja más, a no ser anónima. Era la última, cierto, pero por eso mismo, era en
ese momento más que una hoja, era un símbolo del tiempo, del cambio, del cierre
de un circulo. Y ahora que ella y yo sabíamos todo esto, podíamos abrazar
nuevos firuletes de tinta, los firuletes de tinta cambiantes del hoy, que ella
recibiría en sus renglones.
martes, 10 de enero de 2012
Génesis.
Tenía
ganas de escribir. De escribir cualquier cosa que no fuera cualquier cosa. Cualquier
cosa que fuera todo lo contrario, que sonara con el sonido que hay en cada una
de las cosas. Un algo que fuera como escuchar
el batir de las alas de una mariposa, que es una y a la vez muchas más cosas.
Una y quizá todas las cosas. Que las palabras no fueran palabas sino el origen.
Una escritura del antes, del antes del significado, una escritura del inicio.
Volver al sonido que es el vestigio del antes del tiempo. Y explorar el
nacimiento. Nadie escuchaba. En el silencio. Parto. Piel. Papel. Una caricia. Y de la nada… el
batir de las alas.
domingo, 1 de enero de 2012
el cuento de la lengua extraña...
Mario, esto es para el príncipe y la princesa...
Había una vez, en un reino muy pero muy lejano en el norte
de los nortes, un príncipe solitario que hablaba una lengua extraña. Un día que
se paseaba por sus jardines nevados supo por el viento que en el otro extremo
del mundo había una princesa hermosísima llamada como la navidad, que vivía al
sur del sur y hablaba una lengua extraña. El príncipe le pregunto al viento cómo
era ella y cómo lo sabía.
- Me lo dijo el mar del norte - le contesto el viento- y
dicen que tiene ojos castaños que saben ver los corazones y el cabello oscuro y
es la más hermosa pero que habla una lengua extraña.
El príncipe hizo un barco con sus propias manos que pudiera
soportar las peripecias del viaje y se lanzo a la mar. El viento sopló y sopló
en sus velas y la luna apareció y desapareció del cielo. Fue en una noche
oscura cuando el príncipe llego hasta la guarida del mar del norte.
- Mar del norte, mar del norte!- gritó el príncipe.
- Quién eres y qué haces en mi morada? -le pregunto el mar.
- Me ha dicho el viento que supo por tus olas que en el sur
del sur había una princesa de ojos castaños. Cómo es ella y cómo los supiste?
- Escuché que lo cantaba una ballena que venía del sur,
dicen que tiene ojos castaños que saben ver los corazones y cabellos oscuros y es la más hermosa pero
habla una lengua extraña. Dicen también que podía convertirse en personajes de
otras historias y hacer reír o llorar a los que la escuchan. Empujaré tu barco
hasta donde mis aguas se mezclan con los mares del sur y allí encontrarás a la
ballena en su viaje hacia aquellas tierras.
Así fue como las olas empujaron el barco al sur y al sur y
la luna apareció y desaparecido del cielo. Fue en una noche oscura que el príncipe
diviso cerca de su barco un chorro de agua en el mar y vio a la ballena.
-Me dijo el mar del norte- le dijo el príncipe que supo por
tu canto que hay en el sur del sur una princesa hermosa. Cómo es ella y cómo lo
supiste? Cómo puedo llegar hasta ella?
- Cuando estaba encallada en una playa de aguas mestizas, lo
escuché de un árbol de flores rojas como la sangre. Cantaban sus flores y sus
hojas sobre una princesa que tenía ojos castaños que sabían ver los corazones,
cabello oscuro y era la más hermosa pero hablaba una lengua extraña. Decía
también que podía convertirse en personajes de otras historias y hacer reír o
llorar a los que la escuchan. Y que tiene el don de escribir palabras hermosas.
Te guiaré hasta el árbol que podrá decirte donde se encuentra.
La luna apareció y desapareció en el cielo y el príncipe
navego al sur del sur siguiendo los chorros de la ballena y se encontraba más
lejos de lo que nadie había ido. Fue en una noche oscura que la ballena le dijo
al príncipe:
- Hasta aquí puedo llegar porque tu camino sigue por unas
aguas que no saben si son de mar o si son de río y no son lo suficientemente
profundas. Navega y encontraras una bahía amplia donde anclar tu barco y en la playa estará el árbol rojo. Te darás
cuenta porque escucharás su canto.
El príncipe agradeció
a la ballena y se adentró en las aguas
mestizas. Navego toda la noche hasta llegar a la bahía. Fue entonces que
escuchó como cantaban las hojas y las
flores rojas de un árbol que parecía del principio de los tiempos.
-Árbol rojo, me ha dicho una ballena que sabes donde habita una
princesa hermosísima que habla una lengua extraña.
-La princesa está en mis raíces- le contesto el árbol y
abrió su tronco. De allí salió una mujer de ojos castaños y cabellos oscuros.
Y al mirarse a los ojos supieron que se entenderían porque
hablaban la misma lengua y navegaron por todo el mundo hasta las tierras
nevadas del príncipe donde fueron felices para siempre.
Noeluchis, pongo en estas cuento simple y despojado toda mi energía,
todo lo que te quiero para que tu aventura en el reino del norte junto con el
príncipe sea donde encuentres la felicidad. En el cuento resulta que la
princesa y el príncipe ya saben hablar la lengua extraña. Pero hablar la lengua
extraña que es convivir, crear junto con otro, ser uno siendo en realidad
dos, debe ser un trabajo duro, de todos
los días, hasta de toda la vida. Y puede haber noches oscuras también, pero de
las noches oscuras puede salir la llave de otra puerta que los hagan estar más
cerca, más unidos. Y cuando algún día se miren y sepan que los dos hablan una misma lengua,
extraña y única, con la misma soltura y fluidez, debe ser de las cosas más
hermosas de la vida. Te quiero mucho mucho! Besos, desde la tierra sombreada
por el árbol de flores rojas…
sábado, 24 de diciembre de 2011
las caricias
Quiero un vestido largo, Mario, y caminar por el límite entre la arena y
el mar y sentir en los límites del vestido, el peso del borde del mar,
ese peso que no es peso, ese que hay en el roce de todos los bordes y en
las caricias. Sentir también el borde de la arena que también acaricia y
se pega a los bordes del vestido y se acerca al mar en afán de
caricias y sentir como se tocan apenas, un borde y otro borde. Sentir
los bordes del mar, de la arena que son caricias en los límites del
vestido y las caricias. Abandonarse al borde y ser todita de bordes para
sentir y dar caricias. Darle caricias al mar y a la arena y darle
caricias al viento con el vestido y con las manos y los bordes de los
dedos y el pelo que acaricia y se deja acariciar por las manos y los
dedos del viento que son sus bordes y están llenos de caricias. El
vestido y la arena y las caricias y el pelo y las manos y el viento en
el pelo y las manos del viento y las caricias del mar y la arena. Dejar
que todo sea borde y todo sean caricias que nacen del contacto de los
bordes y aprender y juntar caricias para luego enseñarte que las
caricias se encargan de hacer difusos los límites y de colarse más
adentro de los bordes.
jueves, 22 de diciembre de 2011
se va...
Se quiere ir. Se va. Me
pregunto si habrá sido feliz. Quiero creer que si, que junto a él, que era un
ser lindo, fue feliz y que ahora se va con él. Y me importa nada que sea una
imagen del repertorio. No me importa nada. Es que de verdad es desde el fondo
que quiero creer que cuando se apague se ira con él. Con él y con él, tomados de la mano pasara a formar parte
del todo del que salimos y al que vamos a parar. Es que no me importada nada
porque de verdad se apaga, porque esta cansada de muchos días y muchas noches.
Porque sonríe, igual sonríe, pero su mirada esta lejos, lejos, bien lejos, en
su búsqueda quizá. Que lindo abandonarse al pensamiento que sonríe porque hay
algo en su mirada que ya esta lejos, que lo intuye, que lo ve quizá y que busca irse con él, reencontrarse. Y es
que no me importa nada y quisiera que en el apagarse saliera volando esa
sonrisa, la sonrisa de verlo otra vez y sentir que otra vez están de la mano.
Él la espera hace algunos años ya, y ella lo ha extrañado sin decir nada y en
esa sonrisa que vuela le sonríe a él otra vez.
viernes, 9 de diciembre de 2011
nunca más!
Mario, yo vivo en un país que
es como un rinconcito de tierra fértil, es un campo hasta el horizonte, verde y
manso. Pero hace algunos años, Mario, en este paisito, tan verde, tan manso,
pasaron cosas que no tienen nombre. Fueron amarradas violentamente y con fuerza, sometidas al silencio o
camufladas con mentiras y todo quedó sin ver palabras. Es que fueron cosas
horribles, Mario. Y es triste, que en este paisito, tan verde y tan manso,
tenga un herida tan grande atragantada. Todos acá tenemos, y yo tengo también,
a alguien que estuvo ahí. Hay muchos, la
mayoría, que estuvieron adentro pero afuera y vivieron la desesperación más
grande de ver desaparecer a un ser querido y no poder hablar, no poder decir,
no poder hacer, verse obligados a desconfiar, a callar, a tapar, y ver como el
pecho se les iba llenando de impotencia atragantada, de desazón, odio y rabia. Y
la palabra desaparecer es desagradable y sucia, es una mentira, porque
pareciera que no hubiera responsables, que hubo hombre y mujeres, en esos
tiempos, que solo “desaparecieron”. Son algunos de esos hombres y mujeres que
estuvieron adentro adentro, adentro de los cuarteles, de las celadas del penal
de libertad, de un pozo, meses, años con una capucha en la cabeza. Ellos saben lo que es el miedo, ese miedo que
viene de la inseguridad tan extrema de saber que la vida, el ser, no vale nada,
nada. El miedo que viene de la conciencia de que la tortura o la ejecución
pueden llegar en cualquier momento y no se sabe, no se sabe, no se sabe cuando.
Hay muchas palabras que siguen hoy todavía atragantas, palabras que harían
revivir el horror, y nos harías escuchar los gritos, y sentir la desesperación,
el dolor, el frió, el hambre y el miedo. Son esas palabras que porque duelen,
que porque al verlas salir nos duele ahora, y nos desgarran algo adentro hasta
las lágrimas, hay mucha gente que no las quiere oír. Pero yo creo, Mario, que
las heridas comienzan a sanar cuando se empiezan a llamar por su nombre. Cuando
haya palabras en que la madre sepa lo que le paso al hijo o el hijo sepa porque
nunca tuvo padre. Cuando haya palabras para responder las preguntas y no sean
mentiras. No sería más dolor confirmar lo que se teme, no sería porque el dolor
ya está y el saber, la palabra es siempre preferible al vértigo, a la nausea, a
la bronca de la incógnita y del vacío. Palabras
que no sean para vengar sino para entender, para aceptar, para perdonar y
perdonarse, palabras que son necesarias para cerrar. Cuando se empiecen a llenar los vacíos, y se
llamen las cosas por su nombre, ahí quizá, la herida empiece a cerrarse y el
saber permanezca en esas palabras para que nunca más, nunca más, nunca más.
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