martes, 21 de febrero de 2012
Las Hortensias.
Son otras hortensias, Mario, no son las de Felisberto. Yo estaba caminando con los ojos cerrados. Caminaba despacio, y en cada paso me tomaba mi tiempo, y el tiempo pasaba en cada paso. Yo venía con los ojos cerrados, ya venía mirando el cielo. No se veían las estrellas. Y las voces tampoco estaban. Cuando abrí los ojos, despacio, estaba en el lugar de las hortensias. Nos sacamos una foto ahí una vez. Todas juntas y en la foto había muchas flores. Esas flores de muchas flores que son las flores de las hortensias. Y todas sonreíamos y nuestra sonrisas y todas juntas. Como las muchas flores diferentes de una misma flor de hortensia. Yo abrí los ojos, despacio, pero en las hortensias no había flores. Y paf. Las hortensias me pusieron triste. Es que yo ya venía mirando el cielo. Y cuando abrí los ojos, despacio, supe que las hortensias me estaban regalando palabras que iban a buscar el pasado pero yo seguía caminando, despacio, y en cada paso me tomaba ni tiempo, pero el tiempo pasaba en cada paso. Y en el paso del tiempo, en las ausencias de flores, de sonrisas, de estrellas, yo extrañaba el momento aquel, las extrañaba a todas, extrañaba las flores de la foto y las sonrisas que eran como las flores diferentes de una misma flor de hortensia.
martes, 14 de febrero de 2012
Así fue.
Tengo unas palabras que andan dando vueltas…que dan vueltas porque tienen ganas de dar vueltas y de bailar y girar, y de dar vuelta una especie de melancolía hereditaria que yo tenía pegada. Estas palabras son nuevas y tienen ganas de dar vueltas, de encontrar la fuerza. Tienen fuerza. Quieren bailar. Despegarse, arrancar solitas para donde se les dé la gana. Fue así. Un día me enojé y dije “estúpida melancolía. No te quiero. Quiero escuchar el ruido de las tijeras. Cortar. Cortar con todo. Hasta con el sentido, cortar”. Estaba enojadísima ese día. Quería tijeras. Porque yo quería estar en la cortita, estar ahí, en el acá y ahora de ese momento y no lejos. La melancolía está siempre lejos, en un lugar imposible y no ve nada. Yo no quería estar afuera, pensándolo todo. Pero ese día yo ya estaba quedando de nuevo como una lluvia finita y molesta. De esa que no moja pero humedece todo. Y me decía “Hoy lluevo finito y soy como las nubes grises que tienen agua para llover pero ni siquiera se deciden y son solo grises.” Es que el agua en abundancia cura, es como una mamá, pero yo ni si quiera podía llover de verdad ese día. Era como un mar mezclado con un rio que no sabe cuál es el gusto de sus aguas, era como la arena húmeda a esas alturas, y me pegaba a las cosas que caminaban sobre mí. No encontraba las palabras tampoco, no encontraba nada ese día, ni palabras ni nada, nada. Exactamente así. Con suerte había palabras como esas, palabras cansadas, sin escapatoria como nadie, nada, sin, no. Palabras angustiadas y temerosas de mostrar, que no decían lo que yo soy ni lo que hay afuera, y preguntas retóricas que tenían lágrimas en los ojos y la piel escamada por el dolor. Con suerte había palabras de una soledad infinita que se revolcaban en el charco sucio de una melancolía hereditaria donde los emprendimientos y la alegría son un sufrimiento. Y el sufrimiento se transforma en justificación para no hacer nada, para no cambiar nada de lo que queremos cambiar. Entonces me harté, me harté del agua estancada, de no saber, de la llovizna finita y de no encontrar nada. Me harté de las palabras grises. ¡Que arranquen! ¡Fuera! ¡Lejos! No las quiero a esas palabras. ¡Que se vayan! Les daría un portazo en las narices por entrometidas. Y me enojé muchísimo. Estaba enojadísima. Ese día estaba enojadísima. A dejarse de joder. Las levanté y las saque del charlo a las palabras. Y con las palabras salí yo también. Que no ni no. El enojo me hizo bien. Se terminó. De ahora en adelante el no solo está permitido para decir que no se puede el “no se puede”. Si, si, ya sabemos que la vida es un matete de esperanzas y duelos y duele, pero en el dolor ese que sucede a veces, tenemos que encontrar la vida, que grita, que llora, que canta sus duelos y sus esperanzas, que está viva también en el dolor, que es otra parte de su estar viva. Es como en los partos, que la vida llora, sorprendida de tanto aire, de tanta luz, de las otras vidas que se mueven a su alrededor. Si estamos lejos nos perdemos del hoy. Nos perdemos de la luz, del aire, y también de los llantos del hoy. Hay que aprender a disfrutar del hoy. Y dejarse sorprender. Y también aprender a agarrar al hoy de la mano, sostenerlo fuerte con el pensamiento y llevarlo para donde queramos llevarlo. Cuando el pensamiento sonríe se encuentra con sonrisas. Entonces busqué palabras de luz que quisieran bailar conmigo. Busqué que todo fuera de luz y salir de mi misma e ir a visitar a otros que están lejos y llenarlos de luz y que sean como estrellas y chocarme de frente con la vida contenida en los sí y en las sonrisas. Así fue, gracias a que la vida tiene la forma linda de muchos círculos que dan vueltas y en las vueltas se acarician.
lunes, 13 de febrero de 2012
las máscaras
En una cara había dos caras. Una eran unos rasgos y la otra era la de la muerte, tan blanca, como una máscara pegada sobre la cara. Hoy le vi la cara a la muerte, que es como una máscara blanca y tenía los ojos cerrados. Era la cara de la única certeza que es un misterio. Me era ajena la cara porque ya no era. Y era terrible la máscara. No quería verla. Es que no reconocía la cara bajo aquella otra cara. O quizá no entendía el porqué de exponer una cara que ahora no se podía ver, que había dejado de ser ella bajo aquella mascara. No entendía que la gente fuera a mirar la máscara, que fuera a mirar la muerte pegada a aquella cara. La gente también llevaba otras máscaras. Y solo algunos andaban sin máscara, como perdidos. La gente hablaba, sobre la cara, sobre la máscara, sin saber muy bien lo que decían. Se juntaban una y otra vez a repetir frases parecidas y desfilaban con sus máscaras delante de la cara con máscara. A mi todo aquel baile de máscaras me era ajeno, porque me era ajena la máscara en aquella cara que ya no era, me era ajena la gente y aun más sus máscaras.
jueves, 12 de enero de 2012
la hojita parda
Hace un tiempo me encontré con
una hojita de de otro cuaderno. Era una hoja de otro momento, de otro tiempo,
de otra situación. Era una hojita que había quedado blanca en aquel momento y
me preguntaba si haría bien en escribir en ella. Y sin embargo, me gustaba la hojita, porque era una hojita de hoja, bien
simple, bastante chiquita, pero linda, porque no era blanca sino media pardita,
era de un papel reciclado…cómo me había gustado aquel cuaderno de hojitas
pardas… Pero ahora me preocupaba un poco, esta hojita parda que había quedado,
sola. Me preguntaba cómo se sentiría, arrancada del pasado y obligada a enfrentarse
al hoy. Así, de golpe y porrazo. Todo había sido parte de un proceso espejado
en el papel, las otras hojas del cuaderno fueron hojas escritas, re escritas,
corregidas, copiadas. Habían abrazado, acogido y visto madurar a todos los
firuletes de tinta que cabían en sus brazos de renglones y también en sus
márgenes. Habían sido hojas. Y es probable que ella, aún vacía, haya esperado, ansiosa, el momento de recibir
en un abrazo la tinta que la hiciera hoja, que la hiciera poseedora del secreto
que son las palabras, quizá soñara con el momento en que ella también recibiría
aquellas letras de tinta que no había llegado y quizá, viendo el tiempo pasar,
no le hubiera quedado otra más que resignarse hasta un conformismo triste de su
forma, su color y su olor a pasado. Entonces se me ocurrió que ella, que había
esperado, era quizá la más importante. La que había sido destinada a no ser una
hoja más, a no ser anónima. Era la última, cierto, pero por eso mismo, era en
ese momento más que una hoja, era un símbolo del tiempo, del cambio, del cierre
de un circulo. Y ahora que ella y yo sabíamos todo esto, podíamos abrazar
nuevos firuletes de tinta, los firuletes de tinta cambiantes del hoy, que ella
recibiría en sus renglones.
martes, 10 de enero de 2012
Génesis.
Tenía
ganas de escribir. De escribir cualquier cosa que no fuera cualquier cosa. Cualquier
cosa que fuera todo lo contrario, que sonara con el sonido que hay en cada una
de las cosas. Un algo que fuera como escuchar
el batir de las alas de una mariposa, que es una y a la vez muchas más cosas.
Una y quizá todas las cosas. Que las palabras no fueran palabas sino el origen.
Una escritura del antes, del antes del significado, una escritura del inicio.
Volver al sonido que es el vestigio del antes del tiempo. Y explorar el
nacimiento. Nadie escuchaba. En el silencio. Parto. Piel. Papel. Una caricia. Y de la nada… el
batir de las alas.
domingo, 1 de enero de 2012
el cuento de la lengua extraña...
Mario, esto es para el príncipe y la princesa...
Había una vez, en un reino muy pero muy lejano en el norte
de los nortes, un príncipe solitario que hablaba una lengua extraña. Un día que
se paseaba por sus jardines nevados supo por el viento que en el otro extremo
del mundo había una princesa hermosísima llamada como la navidad, que vivía al
sur del sur y hablaba una lengua extraña. El príncipe le pregunto al viento cómo
era ella y cómo lo sabía.
- Me lo dijo el mar del norte - le contesto el viento- y
dicen que tiene ojos castaños que saben ver los corazones y el cabello oscuro y
es la más hermosa pero que habla una lengua extraña.
El príncipe hizo un barco con sus propias manos que pudiera
soportar las peripecias del viaje y se lanzo a la mar. El viento sopló y sopló
en sus velas y la luna apareció y desapareció del cielo. Fue en una noche
oscura cuando el príncipe llego hasta la guarida del mar del norte.
- Mar del norte, mar del norte!- gritó el príncipe.
- Quién eres y qué haces en mi morada? -le pregunto el mar.
- Me ha dicho el viento que supo por tus olas que en el sur
del sur había una princesa de ojos castaños. Cómo es ella y cómo los supiste?
- Escuché que lo cantaba una ballena que venía del sur,
dicen que tiene ojos castaños que saben ver los corazones y cabellos oscuros y es la más hermosa pero
habla una lengua extraña. Dicen también que podía convertirse en personajes de
otras historias y hacer reír o llorar a los que la escuchan. Empujaré tu barco
hasta donde mis aguas se mezclan con los mares del sur y allí encontrarás a la
ballena en su viaje hacia aquellas tierras.
Así fue como las olas empujaron el barco al sur y al sur y
la luna apareció y desaparecido del cielo. Fue en una noche oscura que el príncipe
diviso cerca de su barco un chorro de agua en el mar y vio a la ballena.
-Me dijo el mar del norte- le dijo el príncipe que supo por
tu canto que hay en el sur del sur una princesa hermosa. Cómo es ella y cómo lo
supiste? Cómo puedo llegar hasta ella?
- Cuando estaba encallada en una playa de aguas mestizas, lo
escuché de un árbol de flores rojas como la sangre. Cantaban sus flores y sus
hojas sobre una princesa que tenía ojos castaños que sabían ver los corazones,
cabello oscuro y era la más hermosa pero hablaba una lengua extraña. Decía
también que podía convertirse en personajes de otras historias y hacer reír o
llorar a los que la escuchan. Y que tiene el don de escribir palabras hermosas.
Te guiaré hasta el árbol que podrá decirte donde se encuentra.
La luna apareció y desapareció en el cielo y el príncipe
navego al sur del sur siguiendo los chorros de la ballena y se encontraba más
lejos de lo que nadie había ido. Fue en una noche oscura que la ballena le dijo
al príncipe:
- Hasta aquí puedo llegar porque tu camino sigue por unas
aguas que no saben si son de mar o si son de río y no son lo suficientemente
profundas. Navega y encontraras una bahía amplia donde anclar tu barco y en la playa estará el árbol rojo. Te darás
cuenta porque escucharás su canto.
El príncipe agradeció
a la ballena y se adentró en las aguas
mestizas. Navego toda la noche hasta llegar a la bahía. Fue entonces que
escuchó como cantaban las hojas y las
flores rojas de un árbol que parecía del principio de los tiempos.
-Árbol rojo, me ha dicho una ballena que sabes donde habita una
princesa hermosísima que habla una lengua extraña.
-La princesa está en mis raíces- le contesto el árbol y
abrió su tronco. De allí salió una mujer de ojos castaños y cabellos oscuros.
Y al mirarse a los ojos supieron que se entenderían porque
hablaban la misma lengua y navegaron por todo el mundo hasta las tierras
nevadas del príncipe donde fueron felices para siempre.
Noeluchis, pongo en estas cuento simple y despojado toda mi energía,
todo lo que te quiero para que tu aventura en el reino del norte junto con el
príncipe sea donde encuentres la felicidad. En el cuento resulta que la
princesa y el príncipe ya saben hablar la lengua extraña. Pero hablar la lengua
extraña que es convivir, crear junto con otro, ser uno siendo en realidad
dos, debe ser un trabajo duro, de todos
los días, hasta de toda la vida. Y puede haber noches oscuras también, pero de
las noches oscuras puede salir la llave de otra puerta que los hagan estar más
cerca, más unidos. Y cuando algún día se miren y sepan que los dos hablan una misma lengua,
extraña y única, con la misma soltura y fluidez, debe ser de las cosas más
hermosas de la vida. Te quiero mucho mucho! Besos, desde la tierra sombreada
por el árbol de flores rojas…
sábado, 24 de diciembre de 2011
las caricias
Quiero un vestido largo, Mario, y caminar por el límite entre la arena y
el mar y sentir en los límites del vestido, el peso del borde del mar,
ese peso que no es peso, ese que hay en el roce de todos los bordes y en
las caricias. Sentir también el borde de la arena que también acaricia y
se pega a los bordes del vestido y se acerca al mar en afán de
caricias y sentir como se tocan apenas, un borde y otro borde. Sentir
los bordes del mar, de la arena que son caricias en los límites del
vestido y las caricias. Abandonarse al borde y ser todita de bordes para
sentir y dar caricias. Darle caricias al mar y a la arena y darle
caricias al viento con el vestido y con las manos y los bordes de los
dedos y el pelo que acaricia y se deja acariciar por las manos y los
dedos del viento que son sus bordes y están llenos de caricias. El
vestido y la arena y las caricias y el pelo y las manos y el viento en
el pelo y las manos del viento y las caricias del mar y la arena. Dejar
que todo sea borde y todo sean caricias que nacen del contacto de los
bordes y aprender y juntar caricias para luego enseñarte que las
caricias se encargan de hacer difusos los límites y de colarse más
adentro de los bordes.
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