jueves, 17 de mayo de 2012
domingo, 29 de abril de 2012
Dónde estoy o los espejos altos.
Mario, que tengo que tener cuidado con los espejos altos. Me
decía a mi misma que acá los espejos son altos y apenas me puedo ver la cara.
Me decía que tengo que tener cuidado con los espejos altos que no me dejan
verme y mi reflejo se va, se pierde para mis ojos y no me veo.
Pusimos en mi cuarto un espejo donde si puedo verme. Me veo,
y entonces me veo y es un alivio. Pero hoy tenía unas ganas de otro espejo, de
este espejo y enseguida vine a verme acá y qué alivio que siento de volver a
ocuparme de las palabras, de mi misma. Es que al no verme me escapo, se me
escapa algo que es lo que soy o algunas de mis partes. Qué alivio volver a
encontrarme con esta parte y reflejarme en el papel, en las palabras y verme.
Qué importante verse, Mario, y encontrarse reflejada en los espejos, en las
palabras, en el agua, en la tierra, en los arboles, en el viento, en los otros.
Aquí y allá, en la vida ver un reflejo. Porque en algún lado vivimos de los
reflejos que no acompañan y la consciencia no está sola. Porque hay algo de paz
cuando nos podemos reflejar en todas las cosas. Porque al vernos en todos
lados, al vernos desde el reflejo, no nos ahogamos de nosotros mismos.
sábado, 31 de marzo de 2012
al otro lado
Yo me venía con una piedrita pintada, una crucecita de lados iguales y
una pulsera de perlas igual a otra pulsera. Yo me venía abrigada de muchos, de
tantos abrazos, y había tanto en cada uno de los muchos abrazos que solo de
tenerlos yo era feliz. No me voy a olvidar más de todos esos abrazos, ahí, al
borde de aquel lado. Fue tan lindo porque al despegar apareció una música que
feli tocaba en la guitarra, pero lo increíble fue que el avión agarró como para
casa, pero desde el aire. Agarró ese camino que yo había hecho muchas muchas
veces. Se me apareció una sonrisa enorme por la música y porque cuando miré
para abajo estaba sobre el pan de azúcar, y después vi el solís grande, piriápolis
con el argentino hotel, el cerro san antonio, el cerro del toro, todo desde el
aire. Después vino san francisco y ahí estaba pta colo, la playa de años, pta
negra, pta ballena, pta el este, la barra, las lagunas de rocha. Todo pasaba
muy rápido pero yo me los llevaba conmigo. Sonaba la guitarra y yo también me
llevaba conmigo todos esos lugares, gracias a ese momento hermoso donde me fue
concedido todo junto, donde me fue concedido volver a recorrer desde arriba
muchas años de camino para poder agarrar uno que me llevara más lejos. Y ahora acá
estoy. Del otro lado.
jueves, 22 de marzo de 2012
Dans une autre langue
Mario,
te muestro estas palabras que lloran,
que están en el umbral,
que son un anticipo
un cierre
un cierre
y una despedida.
Je pleure. Mes yeux ne pleurent pas. C´est ma main qui
pleure. Elle pleure parce qu´elle a torp envie de pleurer. Elle pleure tout bas, des larmes d´encre. Elle
pleure en silence tout ce qui ne peut pas être dit. Elle pleure des larmes qui
se cachent dans une autre langue. Elles pleure des larmes gardées. Des larmes
anciennes, des larmes qui arrivent en retard et des larmes qui arrivent torp en
avance. Elle pleure tout ce que les yeux ne peuvent pas pleurer. Et la blacheur calme et tendre du papier les
reçoit, et le silence les caresse, il les berce, il leur chante tout bas. Elles sont endormies. Maintenant c´est moi qui pleure tout bas, pour ne
pas les réveiller.
martes, 21 de febrero de 2012
Las Hortensias.
Son otras hortensias, Mario, no son las de Felisberto. Yo estaba caminando con los ojos cerrados. Caminaba despacio, y en cada paso me tomaba mi tiempo, y el tiempo pasaba en cada paso. Yo venía con los ojos cerrados, ya venía mirando el cielo. No se veían las estrellas. Y las voces tampoco estaban. Cuando abrí los ojos, despacio, estaba en el lugar de las hortensias. Nos sacamos una foto ahí una vez. Todas juntas y en la foto había muchas flores. Esas flores de muchas flores que son las flores de las hortensias. Y todas sonreíamos y nuestra sonrisas y todas juntas. Como las muchas flores diferentes de una misma flor de hortensia. Yo abrí los ojos, despacio, pero en las hortensias no había flores. Y paf. Las hortensias me pusieron triste. Es que yo ya venía mirando el cielo. Y cuando abrí los ojos, despacio, supe que las hortensias me estaban regalando palabras que iban a buscar el pasado pero yo seguía caminando, despacio, y en cada paso me tomaba ni tiempo, pero el tiempo pasaba en cada paso. Y en el paso del tiempo, en las ausencias de flores, de sonrisas, de estrellas, yo extrañaba el momento aquel, las extrañaba a todas, extrañaba las flores de la foto y las sonrisas que eran como las flores diferentes de una misma flor de hortensia.
martes, 14 de febrero de 2012
Así fue.
Tengo unas palabras que andan dando vueltas…que dan vueltas porque tienen ganas de dar vueltas y de bailar y girar, y de dar vuelta una especie de melancolía hereditaria que yo tenía pegada. Estas palabras son nuevas y tienen ganas de dar vueltas, de encontrar la fuerza. Tienen fuerza. Quieren bailar. Despegarse, arrancar solitas para donde se les dé la gana. Fue así. Un día me enojé y dije “estúpida melancolía. No te quiero. Quiero escuchar el ruido de las tijeras. Cortar. Cortar con todo. Hasta con el sentido, cortar”. Estaba enojadísima ese día. Quería tijeras. Porque yo quería estar en la cortita, estar ahí, en el acá y ahora de ese momento y no lejos. La melancolía está siempre lejos, en un lugar imposible y no ve nada. Yo no quería estar afuera, pensándolo todo. Pero ese día yo ya estaba quedando de nuevo como una lluvia finita y molesta. De esa que no moja pero humedece todo. Y me decía “Hoy lluevo finito y soy como las nubes grises que tienen agua para llover pero ni siquiera se deciden y son solo grises.” Es que el agua en abundancia cura, es como una mamá, pero yo ni si quiera podía llover de verdad ese día. Era como un mar mezclado con un rio que no sabe cuál es el gusto de sus aguas, era como la arena húmeda a esas alturas, y me pegaba a las cosas que caminaban sobre mí. No encontraba las palabras tampoco, no encontraba nada ese día, ni palabras ni nada, nada. Exactamente así. Con suerte había palabras como esas, palabras cansadas, sin escapatoria como nadie, nada, sin, no. Palabras angustiadas y temerosas de mostrar, que no decían lo que yo soy ni lo que hay afuera, y preguntas retóricas que tenían lágrimas en los ojos y la piel escamada por el dolor. Con suerte había palabras de una soledad infinita que se revolcaban en el charco sucio de una melancolía hereditaria donde los emprendimientos y la alegría son un sufrimiento. Y el sufrimiento se transforma en justificación para no hacer nada, para no cambiar nada de lo que queremos cambiar. Entonces me harté, me harté del agua estancada, de no saber, de la llovizna finita y de no encontrar nada. Me harté de las palabras grises. ¡Que arranquen! ¡Fuera! ¡Lejos! No las quiero a esas palabras. ¡Que se vayan! Les daría un portazo en las narices por entrometidas. Y me enojé muchísimo. Estaba enojadísima. Ese día estaba enojadísima. A dejarse de joder. Las levanté y las saque del charlo a las palabras. Y con las palabras salí yo también. Que no ni no. El enojo me hizo bien. Se terminó. De ahora en adelante el no solo está permitido para decir que no se puede el “no se puede”. Si, si, ya sabemos que la vida es un matete de esperanzas y duelos y duele, pero en el dolor ese que sucede a veces, tenemos que encontrar la vida, que grita, que llora, que canta sus duelos y sus esperanzas, que está viva también en el dolor, que es otra parte de su estar viva. Es como en los partos, que la vida llora, sorprendida de tanto aire, de tanta luz, de las otras vidas que se mueven a su alrededor. Si estamos lejos nos perdemos del hoy. Nos perdemos de la luz, del aire, y también de los llantos del hoy. Hay que aprender a disfrutar del hoy. Y dejarse sorprender. Y también aprender a agarrar al hoy de la mano, sostenerlo fuerte con el pensamiento y llevarlo para donde queramos llevarlo. Cuando el pensamiento sonríe se encuentra con sonrisas. Entonces busqué palabras de luz que quisieran bailar conmigo. Busqué que todo fuera de luz y salir de mi misma e ir a visitar a otros que están lejos y llenarlos de luz y que sean como estrellas y chocarme de frente con la vida contenida en los sí y en las sonrisas. Así fue, gracias a que la vida tiene la forma linda de muchos círculos que dan vueltas y en las vueltas se acarician.
lunes, 13 de febrero de 2012
las máscaras
En una cara había dos caras. Una eran unos rasgos y la otra era la de la muerte, tan blanca, como una máscara pegada sobre la cara. Hoy le vi la cara a la muerte, que es como una máscara blanca y tenía los ojos cerrados. Era la cara de la única certeza que es un misterio. Me era ajena la cara porque ya no era. Y era terrible la máscara. No quería verla. Es que no reconocía la cara bajo aquella otra cara. O quizá no entendía el porqué de exponer una cara que ahora no se podía ver, que había dejado de ser ella bajo aquella mascara. No entendía que la gente fuera a mirar la máscara, que fuera a mirar la muerte pegada a aquella cara. La gente también llevaba otras máscaras. Y solo algunos andaban sin máscara, como perdidos. La gente hablaba, sobre la cara, sobre la máscara, sin saber muy bien lo que decían. Se juntaban una y otra vez a repetir frases parecidas y desfilaban con sus máscaras delante de la cara con máscara. A mi todo aquel baile de máscaras me era ajeno, porque me era ajena la máscara en aquella cara que ya no era, me era ajena la gente y aun más sus máscaras.
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